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La Vida Bohème vuelve para ser espejo

Apenas sonaron las voces, se supo que no se sabía nada.

Antes se sabía demasiado: ya no habría pintura sino liquiliquis negros; tocarían con varios invitados especiales; mostrarían las fotos del disco; proyectarían visuales de fondo. Se sabía que eran 12 nuevas canciones cargadas de fusión y densidad. Después de haberlo escuchado una y otra vez se tenía la certeza de que, después de tres años, La Vida Bohème había sacado un disco imprescindible.

Se sabía tanto que la sala era toda expectativa, toda manos apretándole la pierna a la persona de al lado, toda respiración contenida. Todo repotenciado, además, después de ver el estreno de un bellísimo cortometraje animado que dirigió Carl Zitelmann para la canción Flamingo.

Pero se apagaron las luces y sonaron las primeras voces venezolanas de Cementerio del Este / Cementerio del Sur. De pronto se olvidaron las certezas. Se supo que no se sabía nada de lo que acababa de empezar.

Porque no habían bastado los pocos días que había estado colgado el disco en Youtube para comprender a Será como el ataque de sinceridad y arraigo que movió y conmovió a las más de 450 personas que llenaban la sala el domingo. Ese día Sebastián, Rafael, Daniel, Henry y el trabuco cómplice que armaron se terminaron de dar a entender.

Apoyados de las visuales poderosas creadas por Basil Faucher, César Elster, Pablo Iranzo y Johan Verhook, la guitarra de Héctor Tosta, la percusión de Diego El Negro Álvarez, la trompeta de Rudy Pagliuca, la mandolina de Jorge Torres y la voz de Samsara (Samantha Dagnino) fueron descubriendo, con una puesta en escena también imprescindible, su disco-retrato que junta y revuelve arte y realidad. Resonaban las palabras de Henry, leídas días antes: “Será es un intento por traducir lo que hay adentro para los de afuera”.

Mientras las intenciones se materializaban con La Sangre & El Eco y Viernes Negro / Helena y el público comenzaba a entender la magnitud del asunto, comenzaron a rodar visuales que lo reconfirmaban todo. Las dos Caracas -la formal y la informal, la de urbanizaciones y la de barrios-. Militares. El caracazo. Y con El Futuro Funciona aparecieron Caldera, Lusinchi, CAP, Herrera Campins y Chávez. No sólo Chávez. También Caldera, Lusinchi, CAP y Herrera Campins. Baño frío de claridad.

La otra confirmación llegó justo antes de Angelitos Negros. De la nada, entre tanto liquiliqui negro, se materializó en escena Betsayda Machado, cantante barloventeña de Vasallos de Venezuela (anteriormente Vasallos del Sol). Ella y su voz increíble. Ella y su color. Ella y su forma de cantar raíces. Los demás, liderados por la matraca de Sebastián y El Negro, se unieron a su canto con música costeña, reafirmando a gritos que Será es también una búsqueda y una declaración de principios.

Fue el inicio del estallido. La conmoción consiguió su válvula de escape en el calipso de El Mito del Progreso / La Vida Mejor. La felicidad pudo más que el protocolo y, finalmente, la gente logró deshacerse de las butacas y se puso a bailar. Después de despedirse, el bandón cedió a los gritos y volvió a salir. Esta vez nadie intentó sentarse. Con el flashback de El Zar y Radio Capital terminó de estallar la fiesta.

Ya afuera, viene a la mente un pensamiento extraño, inesperado: José Ignacio Cabrujas. Su capacidad de deletrear la realidad, su clarividencia. La manera en que siempre nos enseñaba el reflejo nítido de lo que somos.

Algo parecido estuvo presente esta tarde en la que La Vida Bohème mostró tener la rara habilidad de ser espejo.

 

Foto: Eduardo Regalado

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Ángel Zambrano Cobo

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