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‘El Siglo del Yo’, por Daz Medrano

“El Siglo del Yo”, documental de Adam Curtis transmitido por la BBC, es fundamental para empezar a comprender nuestros tiempos. Explica cómo algunas de las ideas de Freud relacionadas con el inconsciente fueron utilizadas por corporaciones y movimientos políticos para consolidar su poder y manipular a las masas. En cuatro episodios de 60 minutos, presenta una narrativa del Yo moderno intentando exponer las influencias y distorsiones a través de las cuales ha configurado su identidad.

I- El siglo del YO/ Maquinas de la felicidad from alvarezmeo on Vimeo.

El punto de partida es el análisis freudiano de los elementos irracionales ocultos en la mente humana, no sólo en cuanto han sido reprimidos, sino como eventos relacionados con emociones primarias que escapan nuestro control. Desde entonces, dos visiones han luchado por imponerse como “La Interpretación” de la condición humana. Para algunos, como Eduard Bernays, sobrino de Freud, el ser humano es fundamentalmente irracional, especialmente cuando se concentra en grandes grupos. Considera que la masa es emocional, explosiva y por ende peligrosa. No cuenta con mecanismos de autoregulación confiables y es incapaz de asimilar la complejidad de los sistemas en los que convive. Por lo tanto, es necesario que sea conducida y controlada.

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Para conseguirlo, los individuos deben entrar en un proceso de normalización que tiene dos ejes: uno consiste en la pacificación de sus impulsos irracionales a través de la homogeneización del pensamiento, algo que Bernays llama “ingeniería del consenso”. El otro, está relacionado con el rol que los individuos deben desempeñar en la sociedad. Sujetos críticos y cuestionadores, que bajo determinadas circunstancias son capaces de desafiar la autoridad y expresar sus frustraciones de forma violenta, representan un enorme riesgo para la estabilidad de los sistemas democráticos. Es necesario canalizar estas tendencias impulsivas de otro modo y conducirlas hacia la esfera privada, lejos de las manifestaciones públicas en contra de corporaciones y gobiernos. La solución de Bernays es que los ciudadanos sean convertidos en consumidores, consumidores que no responden a necesidades racionales sino que obedecen sus deseos personales y constantemente buscan satisfacerlos. De este modo, el consumo es establecido como núcleo central del modelo, con el dinero como valor fundamental. El resultado es una democracia corporativa sustentada en el deseo de los consumidores que ella misma produce. Las relaciones públicas, oficio creado por Bernays, son el gran mediador de este proyecto moderno civilizador.

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A la visión freudiana se enfrenta una concepción racional del hombre que confía en la comunicación y en la participación ciudadana. La gente sabe lo que quiere, entiende sus necesidades mejor que nadie, y es capaz de expresar sus opiniones cuando existen los mecanismos de inclusión adecuados. Lo que la sociedad necesita es una nueva estructura comunicacional que le permita ser escuchada por los dirigentes políticos. Las élites, representadas por hombres como Bernays, han bloqueado los caminos e impuesto su modelo a través de la manipulación sistemática. Señala que es ése el verdadero origen de las distorsiones en las sociedades, no los impulsos irracionales de los individuos. El ser humano, en última instancia, es racional y bueno, solo necesita el espacio y los medios adecuados para expresarse y configurar su propia identidad. Su principal obstáculo son los mecanismos de control que el poder ha fabricado para dominarlo.

El panorama de Curtis es amplio y el recorrido complejo, intentando mantener una distancia objetiva que, aunque en ciertos puntos puede ser cuestionada, no se compromete con ninguna de las ideologías y tendencias que expone. “El Siglo del Yo” no apunta tanto a los conflictos superficiales de distintos sistemas de pensamiento como al verdadero drama de la condición humana: la explotación del hombre por el hombre no es producto de sistemas económicos o de ideologías políticas, sino de algo mucho más profundo. El origen del mal en el mundo no puede rastrearse hacia una única fuente encarnada por una persona, un valor o una idea. En todas las épocas, bajo distintas circunstancias, ha habido personas dispuestas a utilizar el conocimiento, con nuevos medios y herramientas, para su propio beneficio. La voluntad de poder, a nivel individual y colectivo, parece ser el gran conductor de la historia. Si existe una víctima en esta narrativa es el individuo crítico, el sujeto racional y autónomo, capaz de configurar su identidad advirtiendo las tendencias degenerativas que el poder y la cultura de masas producen en su interior y en su entorno. Desde la izquierda y la derecha, desde todas las direcciones, le son presentados proyectos que requieren su adhesión “por su bien”, en “favor de sus intereses”. En este siglo, el Yo se encuentra bajo asedio permanente.

Este podría ser un nuevo punto de partida, el inicio de una conversación fundamentada en el desengaño, en el abandono de los “ismos” que han intentado imponerse deformando una realidad que siempre rebasa los modelos teóricos dogmáticos. Un diálogo acerca de la condición humana consciente de sus limitaciones y amenazas, de los engranajes que operan en todos los ámbitos para influenciar sus conclusiones. En cierto sentido es la sospecha de uno mismo, el examen permanente en busca de fundamentos y distorsiones, de un espacio en el que sea posible un reencuentro con la realidad y que la verdad, al menos sutilmente, pueda mostrarse.

Uno de los mayores dramas del presente es que nos encontramos ante una verdad débil, que en gran medida a perdido su poder de convencimiento. La fuerza de persuasión del mejor argumento ya no es suficiente para iluminar nuestras conciencias. La luz de la razón es tan tenue que su búsqueda nos ha llevado a una etapa previa: construir las condiciones en las cuales el conocimiento y la comunicación sean realmente posibles, superando el cinismo que incluso duda que alguna vez lo hayan sido.

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