Columnas

imagen Mamá, quiero ser artista

Mamá, quiero ser artista

Hay una frase que ilustra a la perfección el espíritu del sistema en que vivimos: No existen los almuerzos gratis. Significa que todo tiene un precio, que en algún lugar de la cadena, aun cuando no lo parezca, alguien paga. Todo lo que existe tiene un valor monetario asignado, coexistimos dentro de un modelo basado en la rentabilidad.

En mayor o menor medida, dependemos del dinero para cubrir nuestras necesidades más básicas. Incluso los hippies 2.0 con sus comunidades de intercambio en Facebook y los matrimonios alemanes que subsisten recolectando materiales de desecho y ofreciendo servicios a cambio de estadía: todos formamos parte del sistema.

Desde sus inicios Internet ha evolucionado como una reacción contra el establishment. Se ha convertido en una especie de proyecto que intenta lograr en el mundo digital lo que no hemos conseguido en el real. La red ha producido una nueva era dorada de la información y las comunicaciones, ofreciendo infinitas posibilidades y recursos para conectarnos a escala masiva. Pero esto no es lo único que ha cambiado.

Una de las ideas más populares que ha engendrado Internet es que todo puede y debe ser gratis. Este paradigma encarnado en el copyleft ha transformado los modelos tradicionales de intercambio en distintos ámbitos. La industria musical fue una de las primeras en sufrir el impacto. El mp3 y las comunidades virtuales aparecieron para reemplazar al disco compacto no solo como medio de difusión sino también como negocio. Los sellos discográficos han tenido que adaptarse para no desaparecer.

Considerando lo injusto que era el esquema tradicional y lo poco que saben muchos ejecutivos sobre música, el cambio ha sido bienvenido. Pero las disqueras son solo parte del problema. El debate no puede estancarse en la crítica a la industria, lo que debe discutirse es la noción de que todo pueda y deba ser gratis: un disco, un libro, una sesión fotográfica o un artículo editorial. El modelo de intercambio planteado por la cultura web ha erosionado el concepto del arte como trabajo, el reconocimiento de que el artista se esfuerza tanto como cualquier otra persona que dedica ocho o más horas de su día para producir algo y merece una compensación por ello, no porque quiera enriquecerse, sino porque necesita vivir de lo que hace.

Actualmente son pocos quienes están dispuestos a pagar por un disco, no importa si es una obra maestra o pacotilla, la gente ha asumido como algo normal que la música debería ser gratis y algunos músicos regalan sus canciones como agua del grifo. Gran parte del público está dispuesta a pagar por un concierto pero no por un mp3, porque la grabación es “simplemente” el medio por el cual se conoce al artista.

Esta posición evidencia un desconocimiento total acerca del proceso de creación y producción musical. Todo cuesta dinero: los instrumentos, las horas de ensayo, el estudio y sus equipos, los ingenieros, los técnicos, el arte del disco, la promoción y un largo etcétera. Es una red que involucra profesionales de distintas áreas que garantizan la calidad de la música que finalmente escuchamos. Nuestros discos favoritos, los más épicos, los que mejor suenan, costaron mucho dinero y esfuerzo. Cientos de horas de trabajo, miles de dólares, millones de bolívares.

‘Sgt. Pepper’s’, ‘The Wall’ o ‘Pet Sounds’ no existirían hoy sin la inversión que realizaron las disqueras y que el público devolvió con su apoyo. Nigel Godrich, productor de Radiohead, escribió hace poco en relación a esto: “Grabar nueva música requiere financiamiento. Algunos discos se pueden hacer en un ordenador portátil, pero otros necesitan músicos y técnicos calificados. El catálogo de Pink Floyd ya ha generado miles de millones de dólares para alguien (no necesariamente la banda) por lo que ahora colocarlo en un sitio de streaming tiene todo el sentido. Pero si la gente hubiera estado escuchando a Spotify en lugar de comprar el disco en 1973, dudo mucho de que ‘The Dark Side of The Moon’ se hubiera hecho. Simplemente sería demasiado costoso.”

De nuevo, no es una defensa del modelo antiguo, pero el disco como producción artística debería ser valorado en un modelo que le permita financiar sus propios costos. Si el arte está monetizado, entonces su producción debe ser considerada un trabajo legítimo.

Algunos dentro del medio promueven la música gratis, pero ¿quiénes son? En su mayoría son artistas que ya han recibido beneficios económicos gracias al modelo antiguo o que por circunstancias personales no necesitan el dinero para vivir. Es al menos cuestionable pedirles a bandas emergentes sin recursos que renuncien a sus aspiraciones económicas mientras artistas establecidos viven de la fama y la trayectoria que han construido durante años. Cuando te llamas Julian Casablancas tienes artículos, entrevistas y giras garantizadas. A pesar de esto, músicos como Thom Yorke han criticado algunos servicios de música porque el intercambio no favorece a los artistas emergentes. Yorke incluso retiró su catálogo de Spotify. Definitivamente es un debate que debemos tener.

La escena musical venezolana también es evidencia de esto. La mayoría de los grupos más conocidos actualmente, no voy a nombrarlos para no entrar en polémicas y distorsiones innecesarias, vienen de clases pudientes. Muchos discos, instrumentos y eventos han sido financiados por padres y familias que cuentan con los recursos para apoyarlos. No lo critico, es genial contar con ese soporte, pero es una ventaja explotada por un modelo que tampoco es justo. La realidad es que independientemente del talento que tengan, que lo tienen sin duda, pudieron alcanzar su estatus gracias a que cuentan con recursos económicos que han recibido por otros medios. Sin ese dinero la historia habría sido muy distinta.

La clave del debate pasa por asumir que nuestra visión del arte es profundamente cínica. Repetimos hasta el cansancio que es la expresión más elevada del ser humano, que es lo que le da sentido a nuestras vidas, que no podríamos vivir sin los momentos que vivimos alrededor de la música, pero no estamos dispuestos a pagar por obras de calidad a pesar de que gastamos cientos y miles en incontables banalidades. Exigimos experiencias trascendentales del arte mientras lo reducimos a un hobby burgués financiado por padres acomodados.

Es necesario construir nuevos puentes, crear una estructura más justa que sea rentable y coherente sin reducir los espacios de creación a un garaje de aficionados. Mientras tanto, nuestros días oscilan entre la nostalgia y el entretenimiento de un MTV que ya no transmite música. Cinismo pop, y poco más que eso. Nunca más un banda de rock tendrá un jet privado como Led Zeppelin, mucho menos una de heavy metal como Iron Maiden.

Ya lo cantó Dylan, “the times they are a-changin’“. A quienes nos esclaviza la pasión, seguimos escribiendo y componiendo al escapar de la oficina.

Etiquetas: | | | | | |

Daz Medrano

Relacionados

Comentarios