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Orwell y el Totalitarismo, por Daz Medrano

Recientemente terminé de leer una colección de ensayos escritos por George Orwell, autor de ‘Rebelión en la granja’ y ‘1984’. En su conjunto abarcan distintos temas, que van desde la crítica literaria hasta comentarios sobre figuras como H.G Wells, Dalí o Gandhi, y reflexiones sobre su experiencia en la Guerra Civil Española. Sin embargo, un tema central aparece recurrentemente y funciona como hilo conductor del pensamiento orwelliano: el Totalitarismo.

La mayoría de estos ensayos fueron escritos entre 1936 y 1946, década en la que Europa sufrió el ascenso del fascismo y su eventual colapso con el final de la Segunda Guerra Mundial, que dejó tras de sí un continente en la bancarrota económica y la ruina espiritual. En el sentido más obvio, Orwell es un hijo de su tiempo. En un ensayo titulado “Por qué escribo”, reflexiona sobre las razones que lo llevaron a convertirse en un escritor político, como él mismo se define. No fue producto del azar, sino de una decisión motivada por el encuentro con un mundo que está muy lejos de ser lo que podría y debería ser.

A Orwell le preocupan la falta de integridad intelectual de la opinión pública, especialmente la inglesa, y los sutiles mecanismos de control que diversas instituciones ejercen sobre los individuos. Advierte serias amenazas para la libertad intelectual gestándose en la relación entre el poder y el conocimiento, la verdad y el dinero, el arte y la ideología. Observa cómo la masa ha sido introducida en un proceso de normalización que busca convertirla en un cuerpo dócil y complaciente a través de la banalización de todas sus experiencias. El entretenimiento popular y la televisión son en gran medida los mediadores de este proceso. Por otra parte, gobiernos y partidos ejercen su influencia desde la esfera política creando instituciones y movilizando recursos destinados a generar matrices de opinión y comprar conciencias.

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El individuo, como ser autónomo y reflexivo, capaz de analizar y cuestionar la realidad, se encuentra bajo asedio permanente. El poder, desde todas sus facetas, intenta influenciarlo, corromperlo y censurarlo, siempre con un mismo objetivo: la aniquilación de la crítica. Un ciudadano consciente, capaz de expresar pública y articuladamente su disensión es la mayor amenaza para cualquier movimiento totalitario. La razón instrumental y el proceso de modernización que impulsa a la civilización occidental han hecho posible la construcción de estados nacionales cada vez más estables, pero también más rígidos y burocráticos que tienden a reducir el espacio autónomo de sus ciudadanos como individuos. En estas esferas sociales el hombre común es introducido en una cultura de masas que tiene como objetivo final la homogeneización del pensamiento.

En este punto queda claro que la verdadera preocupación de Orwell no apunta tanto al presente como al futuro. Más allá de los proyectos imperialistas demenciales encarnados por figuras como Hitler y Stalin, señala formas más sutiles de totalitarismo que se manifiestan en el discurso político y en la opinión pública de sociedades aparentemente democráticas: la utilización de la mentira como discurso oficial, la modificación de la historia como estrategia ideológica, la ausencia de verdaderos sistemas de valores con los que dar cuenta de la vida cotidiana, la reducción al absurdo del relativismo, en el que la discusión racional es reducida a sus elementos más superficiales, el cinismo y la ironía como pose frente a los problemas sociales y personales, la banalización de la totalidad de la experiencia humana y la polarización de la realidad en términos absolutos: izquierda versus derecha, liberal versus conservador, fascismo versus comunismo, guerra versus paz, fe versus razón, entre otras tantas oposiciones binarias.

Todos estos fenómenos ponen en evidencia diversos mecanismos de control que inhabilitan al individuo como agente de disensión. Para Orwell, avances tecnológicos como la bomba atómica podían facilitar la creación de nuevos imperios, de superpotencias que dominaran en mayor o menor medida el destino de vastas regiones continentales. La Guerra Fría, que Orwell no llegó a presenciar en su punto máximo, confirma que su análisis no estaba alejado de la realidad. Sin embargo, tal vez sea China el arquetipo de totalitarismo moderno que había imaginado. En lo económico, el gobierno interviene únicamente en aspectos estratégicos permitiendo que corporaciones emblemáticas del capitalismo occidental, como McDonald’s y Louis Vuitton, ingresen a su mercado. Pero en las esferas sociales y políticas es un estado autoritario. El gobierno controla contenidos, censura el pensamiento crítico y reprime la disensión. Le ofrece a sus ciudadanos los beneficios materiales del capitalismo pero regula los elementos que puedan generar una cultura liberal o algo remotamente parecido.

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En este sentido, un totalitarismo como el chino es mucho más complejo que el soviético. Entonces la violencia del estado era más evidente y la opresión del individuo más brutal. En la modernidad el poder ha encontrado nuevos instrumentos para refinarse y perpetuarse a sí mismo. En una época en la que los gobiernos intentan justificar sus políticas totalitarias a través del miedo como en los Estados Unidos, o a través de una ideología revolucionaria antiimperialista como en Cuba y Venezuela, es fundamental la creación de espacios para el pensamiento crítico y autónomo de los ciudadanos. Donde quiera que haya conocimiento habrán mecanismos de poder intentado controlarlo. La única alternativa que existe para aspirar a una verdadera libertad del pensamiento en una sociedad más justa es la organización, la participación activa para desmontar los diversos mecanismos de censura y neutralizar los efectos de la propaganda ideológica. Una verdadera democracia social solo es posible cuando existen comunidades con identidad, jamás cuando las masas dóciles son manipuladas por sus emociones.

Orwell se definía a sí mismo como un “pesimista a corto plazo”, el presente parecía perdido pero permanecía la esperanza del futuro. Murió hace 63 años y pocos se atreverían a decir que la promesa se ha realizado. Seguimos leyéndolo, con el profundo temor de que ‘1984’ continúe siendo una terrible posibilidad y no un fantasma del pasado.

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Daz Medrano

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