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Recomendación literaria/cinematográfica: En el camino – Jack Kerouac, por Daz Medrano

“Me desperté cuando el sol se ponía rojo; y aquel fue un momento inequívoco de mi vida, el más extraño momento de todos, en el que no sabía ni quién era yo mismo: estaba lejos de casa, obsesionado, cansado por el viaje, en la habitación de un hotel barato que nunca había visto antes, oyendo los siseos del vapor afuera, y el crujir de la vieja madera del hotel, y pisadas en el piso de arriba, y todos los ruidos tristes posibles, y miraba hacia el techo lleno de grietas y auténticamente no supe quién era yo durante unos quince extraños segundos. No estaba asustado, simplemente era otra persona, un extraño, y mi vida entera era una vida fantasmal, la vida de un fantasma. Estaba a medio camino atravesando América, en la línea divisoria entre el Este de mi juventud y el Oeste de mi futuro, y quizás por eso sucedía aquello allí y entonces, aquel extraño atardecer rojo.”

No es difícil entender por qué “En el camino” tuvo un enorme impacto cultural y le dio identidad a una generación para convertirse en una de las novelas más reconocidas del siglo XX. Es una reacción a la modernidad y sus sistemas. Su esencia es el anhelo de libertad, la rebelión frente a las convenciones sociales y los códigos morales, al plan de vida diseñado por el mercado, ese que ejerce una ortopedia social para formar trabajadores productivos y consumistas, con roles y posiciones definidas de acuerdo a categorías y estilos de vida predeterminados. Es una negación del propósito, de cumplir con las expectativas haciendo aquello que la sociedad espera de nosotros.
En este sentido, “En el camino” es un NO al sistema. Pero en la búsqueda de Dean y Sal también hay una desesperada afirmación de la vida, del éxtasis que se funde con el mundo, de la pasión por el instante, la música y la gente, con sus historias y particularidades. Vivirlo todo, disfrutarlo todo, absorberlo todo.

El proyecto vital de Dean es demencial y caótico, una persecución de “algo” monstruoso y desbordante que guarda el secreto de la existencia. Se puede hablar de “eso”, pero nunca definirlo o explicarlo, no hay tiempo. El único camino es entregarse y arder para siempre en el fuego originario de la vida.

“Pero ellos bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas, y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un “¡Ahhh!”

Pero Sal descubre algo distinto. Tras su profunda confusión comienzan a anunciarse los vestigios de algo parecido a un sentido, a un descanso que se encuentra en el amor y la amistad; una vida que merece la pena de ser vivida.

El final del camino enseña que la despedida es inevitable, Dean está destinado a la derrota poética que sufren los hombres rotos. Como el espectro de lo que alguna vez fue, se pierde en el laberinto de su propio vacío, agotado y sin descanso. La infinita soledad de Dean es la trampa de una epifanía que nunca llegó. Cuando todo había sido dicho no quedó nada, detrás de la pose no había nada, solo las sombras del pasado, las de un padre inalcanzable y de aquello que pudo haber sido.

En el ardor de la rebelión la mente encuentra nuevas maneras de ser superficial. En la mueca de Dean, que era la de una generación, había tanta fatuidad como rebeldía. Esa que aprende palabras sofisticadas y memoriza pasajes de Nietzsche y Schopenhauer para citarlos fuera de contexto, una excentricidad que siempre depende del favor ajeno, una obsesión pulsante que persigue la libertad pero no sabe qué hacer con ella.
Hay muchas cuestiones decisivas sobre la esencia de Dean que Sal, o más bien Kerouac, nunca responde. Mientras lo observa alejarse con amargura, “En el camino” termina con la misma sensación de pérdida irresoluta. Es inevitable sonreír y preguntar por qué.

“Dean sacó otras fotografías. Comprendí que eran las fotos que algún día mirarían asombrados nuestros hijos pensando que sus padres habían vivido unas vidas tranquilas, ordenadas, estables y levantándose por las mañanas a pasear orgullosos por las aceras de la vida, sin imaginarse jamás la locura y el follón de nuestras arrastradas vidas reales, de nuestra auténtica noche, de nuestro infierno contenido en ella, de la insensata pesadilla de la carretera.”

En 2012 se estrenó la primera adaptación cinematográfica de “En el camino”, dirigida por Walter Salles, reconocido por películas como “Estación Central” y “Diarios de Motocicleta”. Aunque la cinta fue alabada por su cinematografía y la solidez del elenco, recibió críticas por las libertades del guión con respecto a la novela y por no capturar el espíritu de la generación beat como fenómeno cultural.

Aquí pueden ver el tráiler:

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Daz Medrano

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