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Sobre el problema del “mejor” álbum o cómo ver las listas de conteos

Diciembre fue el mes de los conteos y de las listas con los mejores álbumes del año. Aunque sin duda se trate de un ejercicio intelectual muy divertido del gremio de críticos, que supone un reto para quien la desarrolla, no deja de ser una aproximación inexacta y personal ante el arte. Toda manifestación estética, desde mi concepción analítica, nunca debería -aunque se hace- medirse sólo con la intensión de señalar cuál es mejor frente a otro.

Juzgar no está mal, cuando se hace con la instrucción correcta. Por ello, empecemos por entender que las limitantes naturales del juicio crítico en la apreciación musical no es otra más que el problema de desarrollar un oído experto. Esta disciplina requiere tiempo, dedicación y, sobretodo, instrucción; y no necesariamente del tipo académica. Lo esencial es enfrentarse a la música como con un oyente activo: aquél que por encima de escuchar, escucha “algo”.

Cuando un crítico evalúa una obra frente a otra, sin duda debe tomar en cuanta dos ámbitos: el contexto y los elementos propios de la música. El primero responde a la historia, evolución, crecimiento, progreso de la banda y todos los factores que rodearon la elaboración del álbum. En lo segundo, el comentarista examina, concienzudamente, los elementos como la melodía, ritmo, armonía, timbre, composición y un largo etcétera.

Cuando un lector está frente a uno de los Top debe estar al tanto que se trata tan sólo de una selección, muy subjetiva por demás, de la música que el autor logró recabar en un período de tiempo determinado. Es decir, hay que estar perfectamente consciente que podrían existir otras obras de mayor calidad que, por las circunstancias que sean, el crítico no logró escuchar y, por lo tanto, no están dentro de su resumen.

Estoy convencido que nadie puede escuchar todo el universo musical que se produce en un año. En este sentido, y dándole razón al filósofo Søren Kierkegaard, escoger los mejores 10 álbumes del 2012 es lanzarse al vacío, dejando a un lado un catálogo de ofertas casi infinito. Esto, solamente, por que un álbum no le llegó a los oídos de quien desarrolló la lista.

El otro problema que rodea a este tema es el gusto. Ya lo decía Juan Francisco Sans, director de la Escuela de Arte de la UCV, cuando aclara que el gusto obedece a un fenómeno cultural y, por lo tanto, debe tratarse como tal. Una cosa es que te guste (o no) un álbum y otra, muy diferente, es que puedas rescatar los elementos que hacen grande una obra.

Si vamos a premiar a un primer lugar, pues que sea en hechos medibles como, por ejemplo, los volúmenes de ventas. Las ventas no muestran ni garantizan la complejidad de una obra; sólo hablan de los gustos colectivos. Conceder el título de Mejor Álbum a una obra, en unos parámetros no medibles, sería inapropiado. Posiblemente, dentro de una solución semántica, debemos cambiar mejor por destacado.

¿Alguien podría otorgarle una medalla de oro a un corredor que nunca ha visto correr, sólo con la intuición de saber quien es el mejor? Para conocer quien es realmente el vencedor debemos ver la carrera olímpica de 100mts. Ahí podemos observar, bajo cierta igual de condiciones (todos están en la misma línea y salen al mismo tiempo), a un ganador. Pero, ¿en el arte? En el arte no hay igualdad de condiciones; y eso es lo encantador de toda manifestación humana.

Para cerrar, no quiero que piense que las listas en sí, son malas: sólo que, muchas de ellas, están mal enfocadas. Asegúrese de encontrar y evaluar los elementos descritos aquí, para así poder apreciar, juzgar y gozar aún más las recomendaciones puntuales de un autor.

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Guillermo Berincua Silva es autor del libro "Así se escucha el rock". Se gradúo de Licenciado en Comunicación Social en la UCV y finalizó los estudios de audio y acústica en la ES2A.

Guillermo Berincua

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