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Fake it ‘till you make it: Acerca de cómo el cigarrillo salvó mi vida

Yo empecé a fumar porque Cobain y Cortázar fumaban y, amigo mío, poca gente escribe como Cobain y Cortázar. Por más patético que suene, en mi mente imbécil de 15 años la conexión ya estaba hecha: ser un artista genial era igual a fumar cigarrillos. Algo tenía que haber en esos pitillos de alquitrán que me hiciera tener la chispa, la musa, el ‘mojo’, el duende que carecía como el mequetrefe barroso que era. Tenía que haber algún tipo de esperanza para aquellos que no habíamos sido escogidos desde el Olimpo para ejercer la profesión de los dioses ( llámese Bob Dylan, Ernesto Sábato y Lou Reed).

Así que empecé por estudiar a cada uno de mis ídolos: sus vidas, sus maneras de vestir, su manera de hablar, su manera de actuar. Si Lou Reed usaba chaqueta de cuero, yo usaría chaqueta de cuero. Si The Clash hablaba de reggae yo pasaría horas escuchando reggae hasta entenderlo. Si Cayayo usaba la guitarra baja, yo usaría la guitarra baja. Era sencillo, la persona que yo era no cabía dentro del arquetipo de quienes escriben obras trascendentales: mi infancia no había sido lo suficientemente tormentosa como para convertirme en Poe, y al haber vivido toda mi vida en Santa Rosa de Lima pues difícilmente habría un Borges en mí, pero yo quería escribir obras trascendentales. Mi única opción: fumar y pretender que era Cortázar o Cobain mientras lo hacía.

Pero tenía miedo: miedo a que alguien ‘descubriera’ que había un pasante de más en esa oficina donde se hace el arte, miedo a que me delataran en voz alta, miedo a que me enviaran al exilio, o peor aún, a las mazmorras: escribiendo slogans ‘catchy’ y componiendo jingles para comerciales de papel higiénico. Quería la salida incluso antes de entrar y como dice mi buen amigo Rafael, “las palomas son las únicas que se salvan de que no les caguen encima” y yo sabía que yo no era mejor que cualquier otro. Caer en el agujero negro donde van las aspiraciones no realizadas era una posibilidad bastante real en mi contexto.

Con el cigarrillo no bastaba, digo, el vigilante de mi edificio fumaba como un cosaco y él sólo se dedicaba a hacer chistes obscenos acerca de conchas de plátano. Tenía que tomar una decisión más drástica en mi vida si quería salvarme. ¿Qué haría…Fellini? ¡Bingo! Así como Fellini se fue de Rimini a Roma en su juventud, yo me iría de Caracas a cualquier parte a convertirme en Fellini. ¡Al anonimato, a mudar de piel, a convertirme en músico y escritor!. ¿Qué Hemingway escogió España? Yo escojo España. Díganme cómo se llama el antro dónde se reúnen los parias que llaman artistas, ¡pasaré ahí todas mis tardes!.

Al principio fue difícil: ser yo y – al mismo tiempo- no ser yo, pero me fui adaptando. Curiosamente, a medida que me sentí más cómodo en ‘mi piel’ – que no era más que una piel prestada – genuinamente me nació la necesidad de querer decir algo propio y, en el proceso de “querer ser otro”, empecé a preocuparme por “querer ser yo mismo”. Me di cuenta que nunca estuve solo (ejemplo: Tobias Wolff llegó a inscribirse en el ejército sólo porque Hemingway lo hizo). Y aunque todavía no he escrito nada que me haga decir “con esto puedo morir contento”, al menos puedo decir que no estoy haciendo jingles para papel higiénico. No me siento artista, ni escritor, y músico menos; sé que son títulos que se ganan no a la primera sino en el transcurso de una vida, pero ya no tengo tanto miedo a que me ‘descubran’. Si me descubren: valió la pena colearse en el Olimpo. ¿Un cigarrillo a cambio de jugar donde juegan los dioses?, para citar a mi querido amigo Hubert Selby Jr., “eso pareciera un precio justo de admisión”.

(…A menos que me de una enfermedad pulmonar. Eso sería por antonomasia: una putada.)

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Henry D´Arthenay

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