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imagen “Henry, intríngulis lleva acento”: La perfección es un mito (cuando no un falso profeta)

“Henry, intríngulis lleva acento”: La perfección es un mito (cuando no un falso profeta)

No, esta no es una tipografía predeterminada de Word ni tampoco una obra de Photoshop. Esto que usted está leyendo en efecto fue escrito a máquina. Espere un segundo, no creo que me esté entendiendo. Piénselo bien por un momento: para que usted leyera esta columna desde su computadora – en el ínterin que no estaba viendo memes o Facebook- yo tuve que escribir a papel un borrador, trazar los márgenes en un folio, caerme a coñazos con una Olympia que se tranca y comenzar a escribir desde cero cada vez que me equivoqué redactando.

¿Para qué hice esto cuándo podría haberme ahorrado horas redactándolo a computadora? Digamos que soy un vocero de la terquedad y de sus derivados (es decir: lo inútil y lo masoquista). Pero el que yo sea un desadaptado social (por no decir un idiota) no es nuestro tema central aquí. Lo que quiero decir es que, a pesar de que escribir esto fue una tortura para mí, el leerlo no lo será para usted. Amigo, le ahorré los días de meditación incoherente, las frases que no servían ni para mensaje de texto y, bueno sí, es verdad, en el proceso también le ahorré mis errores de redacción.

¿Se siente ofendido? Seamos sensatos…¡Por favor, no se vaya! Prometo que esta vez seré honesto. ¡Es que comienzo ahora mismo! ¡No volveré a corregirme a mí mismo jamás!:

A patir de aora boi a ezcrivir komo llo escrivo de ber da…ke digo: de berda…no c me balla hasi too enojao. Kierame por lo ke soi!

¿Difícil enfrentarse a como son las cosas en verdad, no? Si nos gusta tanto la ilusión que nos brinda el arte, ¿por qué no podemos soportar conocer los mecanismos que hacen posible esa ilusión? Nos encantan las películas pero dudo que disfrutaríamos verlas si antes tuviéramos que soportar el rodaje y la edición. No conocer ese tipo de detalles son de hecho los que hacen posible la lectura (al menos en el caso del cine clásico). Lo mismo pasa con la música: si cuando vamos al cine se nos hace creer que tenemos acceso (omnipresente y detallado) a una realidad, cuando escuchamos una canción se nos brinda la ilusión de que estamos en el mismo cuarto con los músicos que, además, resulta que están en su mejor día.

Es decir, así como en “El Hombre De La Cámara” Vertov buscaba mostrarnos que hay aspectos de la realidad que sólo se pueden percibir y registrar gracias a la cámara de cine, en la música el micrófono cumple la función de percibir y registrar aspectos del sonido que de lo contrario no podríamos escuchar (o al menos no con ese lujo de detalles). Pero vayamos más allá del aspecto técnico: cuando escuchamos una canción grabada no sólo la estamos escuchando en las condiciones más nítidas que los micrófonos permiten, la escuchamos como si la misma estuviera siendo interpretada por primera vez, a la perfección, para nosotros. Las miles de tomas de mierda, los pelones, los sonidos sin efectos ni procesamientos, todo eso se nos obvia en el momento que escuchamos la grabación de una canción.

Se nos brinda la ilusión de que lo que escuchamos ocurrió sin error en un único espacio y que el micrófono sólo lo documentó. Sin ánimos de romper ilusiones, les digo algo: incluso la mejor banda en vivo nunca llegará a sonar tan perfecto como su grabación y, ojo, para mí eso está bien. Ciertamente no es excusa para una interpretación mediocre, pero el hecho de que exista un factor humano en la manera que consumimos música en vivo sí me parece que es algo importante. Pero vayamos a más: escuchen ahora su canción favorita de Los Beatles y compárenla con cualquier canción pop que suene en la radio. ¿Cuál pareciera que está mejor tocada? (Spoiler: Ringo es el primero en rodar.)

¿Cuál es mi punto? El que algo suene “perfecto” no necesariamente lo hace excelso, y por eso mi preocupación es de otra naturaleza. La manera en que grabamos los discos hoy en día – en la época del “undo” infinito – es indulgente con respecto la disciplina del músico (reto a cualquier músico que me diga lo contrario). Pero no termina ahí, también la forma en que escuchamos esas grabaciones como público es errada: la grabación y edición de la música ha sido tan estricta que, como consumidores, esperamos de los músicos un nivel de perfección a veces inhumano. Nos hemos vuelto poco tolerantes a la naturalidad del defecto.

Nos desgarra saber que un músico tuvo que ser editado o que tuvo que grabar en 45 tomas en lugar de una. Queremos perfección de máquina y la queremos sin tener que enterarnos de la falibilidad del intérprete. No podemos vivir con el hecho de que la representación en vivo de una obra – aunque pueda tener más energía- no va a ser nunca tan perfecta en ejecución como la obra en sí. No podemos concebir – en el siglo XXI – que grabar puede ir más allá de sólo registrar un evento.

No me malinterpreten, amo una buena grabación en vivo pero, ¿por qué una grabación en vivo debe ser idéntica a la original? ¿Tan inseguros son nuestros músicos con respecto su arte?. “Vamos a grabar el nuevo disco en directo para mostrarle a la gente que sí podemos. Además, ¡imagínate la energía!”. Vale, amigo músico, ahora imagina tú esto: vamos a hacer un remake de “El Señor De Los Anillos” en El Ávila, pero sin editar nada ¿eh?, la grabamos en el orden que va la historia y nunca le damos stop a la cámara. Es más, yo me disfrazo de Gandalf, usted disfrácese de Aragorn: la gente la disfrutará casi o más que la original.

Ya nadie disfruta las canciones y las ideas, ya nadie quiere usar el estudio como un instrumento de creación más. Después de tanto luchar por el futuro estamos de vuelta a 1950: performance y grabación equiparados a un mismo nivel como siquiera fueran la misma cosa. Tenemos la tecnología pero, ¿de qué sirven las herramientas para hacer un edificio si no podemos pensarlo? Entre artistas que no pueden interpretar sus obras propiamente y escuchan que se rehúsan a aceptar que no existe interpretación perfecta, podríamos decir que estamos en un dilema digno de Kafka: podemos vivir con una mentira siempre que en apariencia parezca verdad.

¿Vaya intringulis, no creen?

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Henry D´Arthenay

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