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CIUDAD SONORA – Anthony Hopkins: Composer

La música académica es más pop de lo que creemos. Las grandes bandas sonoras resuenan en nuestra mente con sus cadencias fatales y van rebotando como un latiguillo dulzón, sin intentar ocultar que beben de las ubres de grandes óperas o conciertos. De mas está decir, que es casi imposible imaginar Star Wars o Indiana Jones sin las maravillosas piezas de John Williams.

El uso de grandes compositores clásicos en el mundo audiovisual es común: recordemos a los estudios Disney haciendo de Tchaikovski su comodín durante décadas. En fin, el punto es que prácticamente, en toda la ciudad sonora que nos rodea, convivimos diariamente con docenas de géneros. Son nuestros vecinos y hagan fiesta hasta tarde o no, los hemos escuchado al menos una vez.

Bien, desde hace un rato lo que sí sorprende, es descubrir el talento total de ciertos personajes del mainstream hollywoodense, por ejemplo: Hugh Laurie y Anthony Hopkins, quienes merecen dos momentos de interpretación por separado. Hoy hablaremos del segundo, por orden de llegada y por Sir.

El más reciente trabajo de Hopkins se titula Composer, orquestado por su colaborador más cercano en esta áreas Michael Seal y grabado por la filarmónica de Birmingham. El trabajo está evidentemente pensado en clave audiovisual: hay mucho de drama épico, relajados momentos amorosos, vaivenes y reminiscencias a aquellos viajes dibujados desde la paleta de Wagner, Vaughn Williams o Sybelius.

Hay un trabajo de décadas tras este álbum, hay pausas, sigilos y silencios, no sin ciertas discontinuidades que pueden percibirse como un disco collage o de retazos. La propia esposa del autor se presenta como una copartícipe de las pausas entre la escritura del material, sus ensayos, transcripciones, orquestación y grabación. Destaca para nuestra conversa, el hecho que Hopkins haya venido escribiendo en silencio, con una constancia y un sigilo propio de quien sabe que las piezas aventuradas entre los 6 y los 12 años no tendrán la misma robustez que las de la juventud y la adultez.

Aquí, un breve repaso al track list seguido con las emociones que nos generaron:

Orpheus: una enfática y locuaz pieza que porta en sí misma un gen operático difícil de dejar de lado. Tras el mito, los metales y los platillos hay una intención dancística evidente. Con un gran comienzo y un desarrollo confianzudo -pero firme- cierra con un fraseo propio de una primera escena…o de un primer acto.

Stella: es un aria dedicada a su esposa, aquí cuerdas y flautas prefiguran una dulcísima canción enmarcada en el espíritu celtíbero. Sin duda, un hermoso arreglo bien balanceado, que se acerca a un romanticismo que recuerda, a partes iguales a Glucksmann y a Verdi.

Evesham Fair: Cuerdas y flautas, abren camino a un par de melodías que se entrecruzan y que por una mala fortuna me recuerdan al tema de Sandokan la serie de TV de los años setenta, que pudimos ver en Venezuela en los ochenta. Lo sé, mala mía. ¿Carita triste? Sí va.

And The Waltz Goes On: Posiblemente el más bello logro orquestal y coral del álbum. Con un fraseo pegajoso tendría éxito en cualquier obra teatral o cinematográfica. El coro emociona y centellea. Hay mucho de Duke Ellington, hay bastante de George Gershwin y, sin duda, de Frederick Loewe.

Amerika: En la onda de Orfeo en los infiernos, con un marcado énfasis para el baile, las campanas y redoblantes hacen de esta pieza un esfuerzo teatral muy bien logrado por sí mismo.

Margam: Es tal vez la que percibo menos original al comienzo. Aunque, he de confesar que hacia el cierre, aparece un esfuerzo por salir de cierta monotonía –muy a lo música de ascensor ¿saben?- La parte del oboe fragmenta y reconduce brillantemente el momento.

Circus: piano y acordeón dialogan. Pero a pesar de un arranque semi luminoso frente a la orquesta, cierra con demasiados lugares comunes para mi gusto. Posiblemente sea la más Andrew Lloyd Weber de los temas. ¿Será mi tirria a Cirque Du Soleil? He de ir a terapia amigos.

Bracken Road: Resulta sublime, en clave de musical, de propuesta callejera, silbidos desde los metales junto a un piano que propone crisis, pasión, discordia, reencuentro. Es cinemática, espacial y repleta de ensueños.

The Plaza: la más rumbera, la más film noir sesentosa. Inevitable no pensar en Las Vegas o en la Habana de la imaginería de la mafia. Genera un excelente gran final para un álbum con más congruencia y aciertos que irregularidades.

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Caraqueño / locutor / Productor / Guionista / Escritor. Cree en el rock como una de las bellas artes y piensa que cada canción es un mundo -o al revés-

Joaquín Ortega

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