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No estás deprimid@, eres (más o menos) normal

Te tripeas la música. Oyes un coñazo de canciones todos los días y unas te gustan más que otras; capaz oyes discos y todo… capaz todavía te importan los discos. Todos los días escuchas estas canciones y algunas te ponen de buen humor. Te gusta que la música te despeje las nubes del cielo, te gusta que salga “Ultra Funk” de Los Amigos en el shuffle, pero tienes un secreto: nunca vas a poner “Ultra Funk” dos veces seguidas. Nunca. Nunca vas escuchar “Ultra Funk” en tu carro y vas a pensar “coño, estos panas me entienden”.

Hace 2 años Glenn Schellenberg realizó un estudio en el que analizó los Top 40 Hits de cada año entre 1965 y el 2009, llegando a la conclusión de que cada vez existen más canciones en modo menor (básicamente canciones tristes) sonando en las radios. Esto es entrañable considerando que en los 60’s y los 70’s el 99% de las canciones en esa lista estaban en modo mayor (canciones felices).

La conclusión a la que llega Schellenberg es que la gente ha empezado a apreciar más la tristeza en la música debido a que la vida y la cultura son más complejas hoy, después de 50 años, y que como consecuencia de esto se tiende a buscar estas mismas características en los productos que se consumen por placer.

El razonamiento es lógico. La cultura indiscutiblemente está más fragmentada que hace cuatro décadas, incluso hasta el punto en que es prácticamente imposible definir a una generación entera en el 2013 de la manera en la que lo hicieron Los Beatles en su momento. Irónicamente,la conclusión de Schellenberg es algo a lo que se llega pensando en términos de blanco y negro: tristeza Vs. felicidad, vida sencilla Vs. vida compleja, música pop Vs. música no-pop. Yo, particularmente, no creo que la cultura y la música funcionen como el lanzamiento de una moneda que resultará en cara o en sello.

La estrella pop más relevante de nuestros tiempos va aceremonias de premiación con vestidos hechos de carne. Esa oración destapa aproximadamente 3.400 preguntas en mi cabeza, una de las que más me ha pedido seguimiento es: ¿Qué pasa con la línea que divide el mainstream y el underground en la cultura pop de nuestros tiempos? ¿Hasta qué punto sigue siendo válida esa separación?. Esta misma pregunta me lleva a pensar que comparar la lista de hits de 1973 con la lista de hits de 2012 es bastante parecido a comparar un Lamborghini Diablo con una Góndola Siciliana. Ambos son medios de transporte, pero no tienen muchas más cosas en común.

En términos musicales esto se traduce a que los géneros arquetípicos como el Pop, el Rock, el Jazz y el Hip-Hop han dejado de existir independientemente los unos de los otros.

Retomando el tema de las ‘canciones tristes’ y las ‘canciones felices’ -me desvío, pero no me olvido-, un buen ejemplo es la manera en la que las fiestas a las que voy se han vuelto un poco más extrañas (y un poco más interesantes.)

Everything is Embarrasing” de Sky Ferreira es una de las mejores canciones que escuché en el 2012. Este tema es indiscutiblemente interesante por dos razones: 1. Es una metáfora perfecta de lo que ha sucedido con el pop desde que ‘música independiente’ dejó de ser sinónimo de ‘música underground’. Esta canción podría sonar justo después de “Call Me Maybe” en cualquier fiesta del mundo y nadie pensaría que está fuera de contexto. 2. “Everything is Embarrasing”, líricamente hablando, es completamente deprimente y, sin embargo, no puedo sacarme de la cabeza la escena de un carro lleno de adolescentes sacados de una película de John Hughes bailando y pensando que enamorarse tiene que ser exactamente así.

Un buen argumento para desbaratar lo que acabo de decir es que Sky Ferreira es una adolescente sacada de una película de John Hughes. Mi respuesta es otro ejemplo: Hot Chip, una banda de cuarentones ingleses (esta especie dominada por tipos curiosamente blancos con esposas e hijos que toman té todos los días a las 4 de la tarde) tiene más de una década perfeccionando este sentimiento. Sus últimos dos discos, “One Life Stand” y “In Our Heads” están plagados de canciones emocionalmente complejas que podrían sonar en cualquier bar de cualquier ciudad de Venezuela que no empiece por “Ch” (…ichiriviche, …oroní, …uspa, chetc.).

Entonces, si no se trata de que ahora tenemos vidas más complejas y más toderas que las de nuestros abuelos, ¿por qué conectamos con esto?. Mi teoría es que tiene que ver con la manera en la que documentamos nuestras emociones. La manera en la que se componen estas canciones.

No recuerdo la última vez que me sentí absolutamente feliz y decidí sentarme a escribir sobre eso. No recuerdo estar cagado de la risa con mis amigos y pararme para buscar mi cuaderno y anotar por qué y cómo estaba logrando ser la versión humana del emoticón de XD. Sí recuerdo estar despierto a las 4 a.m. sintiendo que mis problemas leves son Chernobyl, Vietnam y el 11 de Abril combinados, escribiendo páginas y páginas que harían que Morrissey y Bukowski quisieran darme un abrazo.

Con eso voy a la siguente idea: cuando nuestros músicos favoritos -que son personas como nosotros (mjmmm…)- hablan de tristeza, de desamor, de soledad y todo el espectro de las emociones que construyen sus ‘canciones tristes’, la distancia entre ellos y ese sentimiento que describen es prácticamente inexistente. Ellos son el sentimiento. Lo que escriben está muy muy cerca de esa emoción porque está sucediendo en ese momento. A su vez, las canciones felices pocas veces son producto de momentos así de viscerales y eso hace que las emociones en ellas estén difuminadas por la memoria de cómo era sentirse auténticamente feliz. Esto no quiere decir que sean menos reales, pero sí quiere decir que son diferentes. Uno como audiencia entiende esto, incluso cuando no lo entiende.

Tal vez es por eso que nunca voy a poner “Ultra Funk” en repeat toda la tarde. Tal vez es por eso que sí puedo escuchar y he escuchado (y probablemente lo haré otra vez) “Adore” de Smashing Pumpkins toda la tarde y toda la noche. Tal vez es que el mundo realmente sí se fue a la mierda.

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Jose Ostos

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