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¿Para quién canto yo entonces?

Ya sabemos cómo se usan las palabras en este lugar: una sociedad fracturada es el habitat perfecto para la polisemia. Cuando oigo a la gente servirse de las grandes palabras -Paz, Justicia, Tolerancia, Libertad, Igualdad- puedo ver muy claramente cuál es el subtexto, cuál es la función que cumplen hoy estos términos.

En el nuevo diccionario del español para la Venezuela del siglo XXI encontraríamos algo como esto:

Paz: La victoria de mi equipo, de mi gente.
Justicia: La victoria de mi equipo, de mi gente.
Tolerancia: La victoria de mi equipo, de mi gente.
Libertad: La victoria de mi equipo, de mi gente.
Igualdad: La victoria de mi equipo, de mi gente.

Lo que no encontraríamos en el nuevo diccionario es la mitad de esos significados (cuando una cultura se rige bajo el código de Nosotros contra Ellos, todas las palabras tienen dos caras): La derrota del otro equipo.

Como dijo Susan Sontag, en el momento en el que la Paz -que en principio es un bien deseable- implica la renuncia a las cosas que un grupo de personas considera, por derecho, suyas, entonces la opción más verosímil será el ejercicio de la guerra.

Ahora, si bien me preocupan las palabras, las acciones me preocupan bastante más.

Ayer fue Por el Medio de la Calle, un evento gratuito que pretende, a través de instalaciones y presentaciones artísticas y pseudo-artísticas en las calles de Chacao, hacer que la gente use palabras como Paz, Justicia, Tolerancia, Libertad e Igualdad.

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Cuando llegué, caminé en dirección a la tarima donde iba a tocar De Reyes y Ernesto Pantin, en frente de Via Appia. Estaba tocando un pana con una guitarra (Hotel, de Maracaibo, me enteré después) y estaba llegando mucha gente que no esperaba ver a un pana con una guitarra.

Contexto 1: tengo entendido que en años anteriores, ese lugar correspondía a una tarima de Techno y Electro.
Contexto 2: la gente que llegaba gritaba cosas como “¡tech-no, tech-no!” y “¡ee-lec-tro, ee-lec-tro!”.
Contexto 3: al lado de la tarima había un ProLicor.

Luego de que Hotel se bajara de la tarima, mientras se desconectaban cables y se conectaban cables, sucedió el primer punto de quiebre. La gente sedienta de electro que se iba agrupando en el lugar recibió una primera gota de agua cuando el selektor que pinchaba mientras De Reyes y Ernesto Pantin se preparaban para tocar puso, efectivamente, algo de Electro.

Lo que sucedió después puede haber sido una serie de cosas: tal vez esa gota de agua se mezcló con otras gotas de otras aguas que la gente había tomado, tal vez la música que tocan De Reyes y Ernesto Pantin es diametralmente opuesta a la que ellos querían escuchar, tal vez esas personas pensaron que aquella era la única tarima del evento, tal vez se sintieron estafados y querían que les devolvieran su dinero… ah, no, espera…

En fin, al cabo de tres temas la lluvia de latas, hielos, botellas, entre otras cosas, era demasiado torrencial como para que alguien pudiera seguir tocando. La escena, mientras Ernesto cantaba una canción sobre como lo suyo era “la fantasía final” y caían colores y plásticos por toda la tarima, era casi demasiado poética.

Ahí, viendo lo que estaba pasando y estando en el medio entre quienes lanzaban objetos sólidos y gritaban géneros de música electrónica, y la banda, era virtualmente imposible para mí no tomármelo personal.

Como una persona que siente una necesidad de contar historias, de hacer preguntas, de conjeturar respuestas, de imaginar escenarios posibles e imposibles y de transportar gente a esos escenarios; incluso como una persona que piensa constantemente en el significado de términos como Paz, Justicia, Tolerancia, Libertad e Igualdad, solo pude pensar en dos palabras: ¿para qué?

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Hace un par de meses tuve una breve discusión con uno de los editores del Cochino Pop sobre un artículo que consideré ofensivo, cuando menos, innecesario. El artículo nombraba a algunas de las “bandas venezolanas que nunca debieron existir”. Nuestra discusión, sin embargo, fue sobre la necesidad de que exista crítica para nuestro arte y sobre las intenciones y motivaciones que existen detrás de la crítica.

(Hago referencia a ese artículo porque, en mi opinión, decir que sería mejor que una banda no haya existido es el pretérito perfecto de “bájense de la tarima”. Es cierto que estoy siendo bastante literal e inflexible con el enunciado del artículo, pero también es cierto que las palabras tienden a convertirse en otras cosas.)

Incluso cuando he visto bandas venezolanas actuar como delegadas de la mediocridad, tengo la convicción de que quien debe alejarse de la tarima en ese momento soy yo y no ellos. Incluso cuando he visto películas nacionales que me parecen una muestra perfecta de la ausencia de cariño en el arte, creo firmemente que sus realizadores deben seguir haciendo cine. Pienso que esta debe ser una postura innegociable.

Si me pregunto, como lo hizo Charly y como lo han hecho miles de personas con inclinaciones creativas a lo largo de la historia, “¿Para quién canto yo entonces?”, la respuesta duele y da miedo: para ellos. Para la gente que lanza hielo y botellas a las tarimas, para la gente que prefiere bajar del escenario a los artistas que no les gustan en lugar de ir a buscar unos que sí. Para ellos, con la esperanza de que mi canción toque alguna de esas fibras. Con el miedo de que al lado haya un ProLicor.

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Jose Ostos

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