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El mito de la canción protesta en el rock venezolano

” Si se te olvida algo que ibas a decir, es porque era mentira”

Es una tarea entretenida e infalible: escuche todos los discos editados en los últimos 10 años por el rock nacional y encuentre la respectiva canción protesta. Al menos una, en seis de cada diez discos. Es un dato importante. Puede ampliar la búsqueda y encontrar aún más, incluya más géneros contemporáneos y urbanos: el hip hop, el reggae, el ska. Vaya más allá de lo obviamente conocido, más allá de La Vida Boheme y Famasloop y, al otro extremo, Dame Pa’ Matala o El Pacto. Escuche bandas del interior del país e identifique sus canciones protestas. Las va a encontrar, directas y presentes.

La dupla rock/protesta no tiene novedad. Todos saben que en Latinoamérica la canción protesta tiene una larga historia ligada a movimientos sociales, levantamientos civiles, actividad partidista, exilios e influencia de movimientos musicales de protesta como el español  o el compartido dentro del mismo continente. Pero el rock, en todas sus variantes, a pesar de su raíz contestataria y de sus exponentes de protesta, tiene en su concepción y desarrollo varios aspectos que la descalifican o -al menos- la mutan históricamente, sobre todo si, en el  caso venezolano, nos fijamos que la canción del rock protesta no se identifica con mensajes de izquierda socialista o comunista ni está hecho por lo que se consideraría, a simple vista, la clase desfavorecida. Esto último, un mito alimentado por los interesados ya que la canción protesta ha sido producto de una clase muy leída, culta y no precisamente por autores empobrecidos.

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Lo nuestro no obedece a la teoría. Lo que podríamos compartir con otros exponentes del rock protesta del continente como Bersuit Vergarabat, Molotov, Aterciopelados o Los Prisioneros, estos sobre todo en sus inicios, es que el rock protesta en español es producto de una transculturización que siempre será criticada. No así Violeta Parra, Alí Primera, Silvio Rodríguez, tomaron elementos del folklorismo, tanto en su imagen como en los géneros musicales que acompañaron sus entonaciones, algunas, rescatando poetas censurados o perseguidos en la realidad política que enmarcó su obra.

El rock protesta naturalmente no solo va a sonar y verse culturalmente ajeno sino que tiene una intención clara en su concepción: vender. Vender discos, vender entradas de conciertos, y eso no puede estar comprometido con la lucha social porque el público ha sido amañado para comprar discos, para asistir a conciertos, no para congregarse públicamente y revelarse contra el sistema, motivados por una canción. Creen fielmente que la transacción económica o empática los califica como rebeldes.

Al inicio de los años 2000, en Turmero, estado Aragua, Temigaz era una banda de metal que congregaba un montón de gente en una plaza para rebelarse musicalmente contra el sistema. Es bien recordada por los músicos locales. Nada más allá.  En el underground podemos ver decenas de bandas así, cuyo mensaje es profundamente social o enfrentado al sistema político. Puede ser, además, que motiven la excitación pública en sus conciertos y obtengan cierta atención pública, como Temigaz que hacía un caos en la pequeña plaza de Turmero. A pesar de ello, el público natural del rock se ha mostrado naturalmente apático, conforme con drenar su molestia pogueando y coreando. Luego del toque, murió la flor. He visto centenares de conocidos locales, estúpidamente excitados cuando suena “Se viene el estallido”, creyendo que cumplieron con su cuota de revolución.  ¿Somos ingenuos? ¿Somos culpables? ¿Somos Residente Calle 13?

La protesta es fashionista

El rock se ha acomodado a la canción protesta. Desde adentro, como músico, es válido el momento de inspiración en el que la rebeldía o la molestia motiva la creación de un tema contracultura. Es válida e incorruptible la posición personal de cada uno de los  actores de nuestra escena musical de participar, manifestar y alinearse o no políticamente. Considero que esto último es lo más sincero y pesado que pueden hacer en un contexto donde sus canciones contra sistema, no van a llegar a ser sino escuchadas y alabadas por sus escuchas naturales. Más allá, algo como motivar un despertar social que accione algún tipo de movimiento, lo dudo.

Que nadie llore. Brujeria, Maldita Vecindad, Aterciopelados, Molotov, Café Tacuba, Manu Chao, Cultura Profética, y otros menos favorecidos por MTV latino, también han sido vencidos por la naturaleza comercial y la limitante esfera latinoamericana del rock. Lo ven y lo verán,  la historia será injusta con ellos como lo será con Desorden Público, Candy66, Guerrilla Seca, Tomates Fritos, Los Paranoias, Famasloop, y la canción más satírica que protesta de Telegrama. Personalmente, guardo pocas esperanzas porque el esfuerzo ha sido poco o vano, ningún medio alternativo ni formal lo respalda. La censura, el miedo, la pacatería o la subestimación de la canción como unidad que ignora la gran masa de canciones incómodas que se han producido, castigan su difusión y conocimiento. Y el golpe, en grupo podría ser duro o al menos justo, como evidencia de nuestro tiempo, de qué estuvimos haciendo mientras pasó lo que pasa.

Claro, la mayoría de las bandas tampoco se montan en una tarima a incomodar demasiado. Cada  escenario que se arma en este país hace falta y nadie quiere complicarlo. Ya que, cerrando el círculo, todos quieren venderse mejor.

Leo en Terra que “Ice T recibió censura por su tema ‘Cop Killer’, la banda que tripulaba, Body Count, decidió protestar en contra de la brutalidad de la policía que desató disturbios raciales en los Ángeles que le dieron la vuelta al mundo en 1992. El escándalo que despertó tuvo consecuencias contra la banda como amenazas de muerte”. Podemos todos los rockeros, otra vez, morirnos de envidia. No somos tampoco los punks de Porno para Ricardo. Venezuela no es Cuba en sus condiciones de censura. Nadie ha ido preso para que deje de hacer y tocar canciones incómodas para el gobierno.

La canción protesta del rock venezolano se ha convertido en una moda. En la peor de las percepciones, una moda mantenida por rockeros clase media que nadie entiende porqué se quejan tanto. El rock protesta nacional es el nuevo neofolkore pero nadie ha escrito ni va a escribir una ley para que sus canciones suenen obligatoriamente en los medios nacionales.

A mí, no me miren. Yo creo que en nuestro caso, la clase media es la más desfavorecida y que, en nuestros términos, está bien y es importante comunicarlo, escribirlo y cantarlo. Pero nada nos aglutina, nada nos une, nadie nos respalda.  No es un berrinche; es una guía para crear una estructura que podría desembocar en algo como el Movimiento Yo Soy 132, en México. Con todas las críticas a sus grises que se le puedan añadir.

Es mi posición que  el artista no se debe a nada y está en su derecho responder o no a las posiciones entorno. Si usted quiere hacer una banda de rock de ficción intergaláctica, excelente. Alma Guillermonieto es una periodista a quien admiro y alguna vez, declaró que nunca había sido de quienes creen que el periodismo sirve para cambiar el mundo. Ella cree que el periodismo sirve para muy poca cosa. En sus viajes, cuenta, ha escrito puntualmente lo que ha visto y escuchado en países en conflicto, describiendo para el mundo atrocidades sin límite, día a día, año tras años, y nunca se paró la guerra ni hubo menos muertos.

“Déjenme aclarar, además, que tampoco creo que tenga obligación alguna de hacer, o ser, o creer, cualquier cosa. No creo que los intelectuales tengamos la obligación de dar testimonio de nuestro tiempo, ni los artistas la obligación de reflejar la realidad en su arte, ni siquiera los obreros la obligación de tener conciencia de clase. Ni los chicanos de hacer estudios chicanos ni los mexicanos de bailar el jarabe tapatío, ni las tamaleras de cocinar tamales enraizados en su auténtica tradición cultural. No soy militante, y creo firmemente en un periodismo alejado de todos los ismos. No creía lo mismo cuando llegué por primera vez a este país, por cierto. Es una convicción ganada a pulso.”

Lo anterior, también lo dijo Guillermonieto en la misma entrevista. Discúlpenme la cita extensa pero, con el rock, mi ciño exactamente a lo mismo. La obra del artista debe liberarse de responsabilidades supuestas.

Ahora, ya que nos pusimos, por qué no echar el resto.

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Maily Sequera

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