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Ley Orgánica de Cultura: Un Caballo de Troya hecho de paja

Las antiquísimas grabaciones del blusero Robert Johnson suenan como dos personas tocando guitarra al mismo tiempo. Algunos expertos insisten en que Johnson nunca grabó solo, y que era el diablo quien lo acompañaba.

Hace pocos días, entre insultos y acusaciones, y el descarnado ataque homofóbico del diputado Carreño (que no fue un ataque a la oposición sino a todos los homosexuales del país), la Asamblea Nacional pasó bajo la mesa un par de leyes malditas. Una, que regula la compraventa de vehículos, y la otra, la Ley Orgánica de Cultura, que ha sido objeto del nefasto periodismo del retuit y de intensísimos comentarios apocalípticos tecleados por la secta de creyentes-en-Facebook-como-arma-tumbagobiernos. Rodaron varias noticias donde se afirmaba que la ley enfilaba contra el Rock y el Hip-Hop y, bueno, la ley no dice esto. Cierto.

Pero señores (y señoras), van 15 años. Mucho tiempo como para otorgar el beneficio de la duda a “esta gente”. Las buenas intenciones del gobierno venezolano son paja y, una vez más, con un tiro al piso, lo vamos a demostrar.

Había un primer proyecto de Ley de Cultura, es verdad, muy simpático, bonito, muy bonito, donde se fomentaba la preservación de la cultura criolla y buscaba enaltecer la venezolanidad, el joropo, a Simón Díaz, y la echadera de vaina. Pero tras el proceso franken-legislativo de la Asamblea Nacional, ese proyecto fue despedazado y convertido en un monstruo relleno con puro gamelote ideológico.

Es una historia repetida. El texto bonito se usa para enganchar a promotores culturales y, al final, aprueban otra cosa. El ejemplo más claro del cambalache: El primer proyecto establecía un mandato a las autoridades para que ofrecieran incentivos fiscales para que el sector privado, de buena gana, contribuyera con las causas culturales que su conciencia le dictara. En la discusión esto se eliminó de un plumazo y fue reemplazado por una contribución parafiscal —sí, suena a paramilitar— de 1% sobre las ganancias netas de las empresas o personas naturales que generen más de 20.000 unidades tributarias al año, a un fondo sobre el cual el aportante tendrá ningún control. Un pago obligatorio. Por eso, tenemos que entender que esta ley tiene muy poco que ver con cultura. Esto es sobre plata. Más nada. Este instrumento es un refrito de otras leyes, llenas de buenas intenciones (pura paja), y con una finalidad muy clara. Los precedentes sobran en las leyes de ciencia y tecnología, deporte, y drogas. En todas se estableció un aporte que deben pagar personas naturales y empresas a “fondos” controlados por algún ente del gobierno. Al final del día, una empresa “exitosa” podría tener una carga de impuestos equivalente al 65% de sus ingresos y no, no vemos escandinavos caminando por las calles.

El proyecto aprobado no es fácil de encontrar, en todo caso habrá que esperar a que salga en la Gaceta Oficial para estar seguros de cómo quedó.

Del resto de la ley no queda nada importante, pura basura ideológica que entra por un oído y sale por el otro. Como dice el tío Neil, el Rock & Roll nunca morirá. Pero entendemos que hay quienes necesitan combustible para animar su fantasía imperialista ochentosa donde son Kevin Bacon y tienen que salvar a su pueblo de un líder pseudoreligioso antirock. También entendemos que habrá quienes necesiten satisfacer su morbo criollo burlón. Por eso, abajo transcribiremos un concepto que aparece en el proyecto —se incluyó en el segundo—, y que dice mucho y nada a la vez. Dentro del extracto hay una cita, suponemos que es el elemento ectoplásmico, supremo y eterno de la Ley. Disfruten:

ACULTURACIÓN: Práctica de todo colonialismo y neocolonialismo, despojo espiritual de la sometida o del sometido o avasallada o avasallado. “Una nación cuyos medios masivos de difusión están dominados por el extranjero no es una nación.” Justificación del expolio y la exclusión.

Ya sabemos quien escribe estas leyes: Es el diablo, señora, el diablo.

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Raul Stolk

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