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imagen ‘Chappie’: Robots sueñan con ovejas electrónicas de color negro, por Sergio Monsalve (CRÍTICA)

‘Chappie’: Robots sueñan con ovejas electrónicas de color negro, por Sergio Monsalve (CRÍTICA)

El pana y crítico William Zitser no pudo tomársela en serio, porque le pareció un parodia involuntaria de “Corto Circuito”. Es cómico pero las semejanzas son evidentes. Un robotcito aprende las malas mañas de un grupo de forajidos y las reproduce a su modo entre maquinal y torpe.

A la película hay por dónde agarrarla, para descoserla y desarmarla.

El villano de Don Lobezno saca las garras desde el inicio, manteniéndose en un plano esquemático de caricatura pasada de moda.

A Doña Sigourney Weaver tampoco le permiten lucirse mucho en el rol de la típica ejecutiva pragmática y desalmada. Anticuado cliché del antifeminismo contemporáneo.

Al espectador avispado le entra una sospecha. El director quiere acentuar el declive de la vieja guardia de actores de Hollywood, para darle el protagonismo absoluto a su nueva generación de mutantes, freaks, replicantes y fenómenos de la contracultura surafricana.

Algo así como un negocio redondo para la Sony, donde la sangre fresca le inyecta un dimensión alternativa a su proyecto de integración global de la alteridad, de la otredad. Clásica movida de la rebeldía en venta.

Los apocalípticos son asimilados por el multimedio, cuya parte de su oferta se aboca al mercado y a la demanda del descontento.

Así podemos entender el reencuadre, el plan estético de la cinta, al permitirle a Ninja y a Yolandi asumir las riendas de la pieza, al lado de la revelación de “Slumdog Millionaire” y el nieto de Frankenstein en cuestión.

Entonces, las figuras del reparto, los antihéroes de la partida, son Dev Patel, la parejita white trash de Die Antwoord y el niño de hojalata(el primito de Baymax de la jugada audiovisual).

Como un ensamblaje de “A.I”, “Pinocho” y “Robocop”, el filme describe el viaje iniciático emprendido por un autómata, descartado como desecho industrial de una empresa de policías cibernéticos, y a la postre, rescatado por su joven creador, un nerd con alma paternalista de Gepeto, quien desea inculcarle los valores del manual de Carreño a su invención, a través de un programa de inteligencia artificial concebido por su cerebrito de Steve Jobs.

Sin embargo, el asunto se le escapa de las manos, cuando es secuestrado por la pandilla de Ninja y Yolandi, con el propósito de utilizar a “Chappie” para cometer un gran golpe y saldar una deuda pendiente de 20 millones por el pecho.

A partir ahí, comienza la acción a subir de nivel, alcanzando las cotas de una aventura de ciencia ficción, enchulada y embriagada con una sobredosis de Red Bull.

Persecuciones, tiroteos, tramas paralelas de suspenso. Una arquitectura estable, fácil de digerir, funcional a los intereses de los inversionistas, agradable a la vista. Nada muy original, aunque aceptable.

El ángulo divergente del guión se lo aporta la moraleja, siempre a favor de las ovejas negras de la familia disfuncional, conformada por los mencionados vengadores de la trama.
Ellos, según la óptica del realizador, terminan por encarnar una respuesta a los dilemas planteados por el libreto.

Detrás de “Sector 9” y delante de la fallida “Elysium”, “Chappie” reencuentra a su autor con su elemento, con su piedra filosofal.

A la manera de un homenaje velado a “Blade Runner”, el final abre la posibilidad de anticipar un destino nebuloso e incierto, controlado por la tiranía de los poderes fácticos, represivos y distópicos.

No obstante, por las alcantarillas y los suburbios, una especie híbrida se prepara para emerger, resucitar y resistir, en una suerte de canto a la inmortalidad, a la indispensable clonación de las almas excluidas y renegadas por el sistema.

Un cine dedicado al ascenso de los disidentes posmodernos.

Ilustrado por imágenes y secuencias en un impecable 3D.

Ambientado y animado por la música hip hop de la banda originaria de Ciudad del Cabo.

El soundtrack merece la descarga paga o gratuita.

En suma, la corrupción y redención de un ángel electro rap rave. Condenado a la condición de paria por una sociedad en crisis. Elevado a la categoría de salvador mesiánico por el giro humanista y tecnológico del argumento.

Melodramático, transgenérico, súper pop y cool.

Recomendamos preparar el pañuelo para un par de escenas logradas y conmovedoras, a lo “Wall E” de la Pixar.

8 puntos.

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Sergio Monsalve

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