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Grammys 2016: Guerra de divas, chupasangres y alternativos, por Sergio Monsalve

De la extensa, predecible y tediosa temporada de premios, el Grammy ha sido hasta ahora la que ha tenido la mejor ceremonia.

No fue perfecta, redonda y equilibrada de principio a fin. Tampoco justa en la repartición de los premios. Pero al menos, pudo despertar el interés del respetable a lo largo de cuatro horas, gracias a una combinación de géneros, artistas y grupos, que a pesar de sus diferencias y altibajos, lograron sortear el trámite con cierta dignidad y alguno que otro chispazo de genialidad.

Ya no hay nada qué hacer con la hegemonía mainstream del pop fresa. Toca bancársela y asumirla como la papillita que incluyen en la velada para complacer al mercado de la teen distopía. Así que debemos calarnos los discursos, los choreos y los toques prefabricados del clan de Taylor y Justin. Sí lamentamos que Skrillex se preste para la jugada de lavarle la ropita al desabrido de Bieber. En cuanto a Diplo, cero uno a la izquierda, pues le vendió el alma al diablo, long time ago.

Malísimo que la academia le regalé a Swift la presea de álbum del año, cuando cualquiera de los demás nominados la deja como una niñita de pecho. Lo merecía Lamar, a la postre, el rey de la noche, al llevarse cinco gramófonos. De paso, Kendrick la partió en tarima con uno de los perfomances telúricos del show, esposado y en llamas.

También fueron destacados los homenajes a B.B. King, y sobre todo, al dios Lemmy, a cargo de los piratas del Caribe, las majestades satánicas de Hollywood Vampires. En Twitter los descosieron, pero los maestros cumplieron y sacaron la cara por el legado del heavy metal.

Con Lady Gaga, perdemos la objetividad. Cuestión de gustos. Su tributo dedicado a David Bowie nos pareció el peor del espectáculo, por lo afectado, impostado y pretencioso. Ziggy Stardust estaría revolcándose en su tumba ante la desafortunada interpretación de una de sus tantas imitadoras del montón.

Igual Adele nos empieza a sonar a disco rayado, más allá de lo impecable de su repertorio lírico. Verla montada con el piano, cerrando los ojos y batiendo la melena, nos acaba por lucir como un tronco de deja vu, que cotiza bien en la bolsa, al alto precio de ofrecerte el mismo paquete de costumbre.

El desfile de drama queens estuvo intenso y amenazó con transformar el asunto en el visionado de una película romántica cursi, a lo Crepúsculo, que se ciñe a un soundtrack formateado por los desechos de la movida hipster.

Un tripeo reencontrarse con Lionel Richie en su nota ochentosa y vacilar el ritmo de The Weeknd, derrochando sobriedad, romanticismo y poder semiótico en escena.

Fina la épica batalla de rap histórico, al margen de sus tics y clichés de Broadway.

Aceptable lo de Jackson Browne y los Eagles recordando a Glenn Frey. Fastidiosa la introducción del ensamble country de la jornada, saludando a las tropas. Clásica babosada nacionalista para calmar a la barra brava del partido Republicano y a la demanda cautiva del Sur de la unión. Innecesario y pasado de moda el discursito memorizado en contra de la piratería. Nos devolvió a la época superada del conflicto entre Metallica y Napster, apuntando a reforzar las ventas legales por las plataformas de pago por internet.

A Ed Sheeran lo consagraron por Thinking Out Loud, un productico que arrastra masas, a base de fórmulas y patrones. Uptown Funk se alzó con el codiciado premio de grabación del año, por su vibra que contagia y funciona como antidepresivo natural.

En suma, una ración de pildoritas para todos los gustos, edades y razas.

¿Quiénes confirmaron su estatus de la banda rock del momento? Los duros de Alabama Shakes. ¿Cuál le resto prestigio a la gala y la cerró como una edición chaborra de Sábado Sensacional? El copycat de Pitbull, manejando aquel Taxi chocado de línea reggaetonera misógina y desfasada. Pobrísima representación latina. Quedamos feos para la foto, por su culpa. Tipo Mundial de los rateros de la FIFA, modo Miss Venezuela. Desenlace terrible.

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Sergio Monsalve

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